Una vez leí que cuando se va a escribir una "carta de amor" se inicia sin saber que empezar a escribir, y se culmina sin saber que fue lo que se escribió. Y es cierto, así sucede: se empieza a escribir y luego de la primera palabra es como una ráfaga de viento que pasa por la parte posterior de tu cuello, llenando de escalofríos tu espalda y tus brazos, cumpliendo la función de poner a flor de piel tus sensaciones y activando por completo de la forma más sublime tus sentidos permitiéndote abrir sin censura alguna el baúl de los recuerdos, quitandole importancia al orden de tiempo, de sentimiento o de intensidad, pasando así del más eufórico al más entristecedor y viceversa, permitiéndote derramar risas y lágrimas una tras otra y en el momento más afortunado, ambas al mismo tiempo; mientras tus ojos siguen rápidamente cada letra que tus manos son capaces de plasmar en cuestión de segundos. Se llama mussa, se llama inspiración. Esa sensación de plenitud que inunda cada rincón del alma y se desborda para llenar cada pedazo del mundo que te rodea, esa que es tan profundamente conocida en el universo de todo escritor, esa que es peculiarmente reconocida cuando te llena de cosquilleo el cuerpo sin importar el momento o el lugar en que te encuentras y te crea una necesidad superior a tu voluntad de tener a tu alcance papel y lápiz para plasmar así lo que un ente aliado a tus más íntimos deseos pero desconocido ante tu conciencia, te susurra rápidamente a tu oído.
No hay comentarios:
Publicar un comentario